Mi primer éxito en un concurso

Me acaban de informar de que un relato mío, “Natalie”, ha ganado el primer concurso de relatos eróticos de la editorial Donbuk.

Van a publicar un libro con la selección de los mejores relatos enviados al concurso:

Natalie (y otros relatos eróticos) (RESERVA) – VV.AA.

Cool.

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“Luz y calor”, por Juan Alcover

Hace algunos años vi una película sobre una familia de granjeros que vivía en un pueblo remoto y aletargado. Un pueblo sin electricidad.

Trabajaban duro todo el día. Con las cosechas y con los animales. Y cuando regresaban a casa seguían trabajando recogiendo leña para cocinar y calentarse. Tenían que lavar a mano y usar velas para leer. No podían ver las noticias en la televisión o bailar después de la cena porque no había música.

Un día todos los miembros de aquella familia se sentaron a la mesa y hablaron. Estaban  cansados de una vida incómoda y sombría. Estaban cansados de su inmovilidad. Y tomaron una decisión.

Construyeron un generador enorme con sus propias manos, levantaron postes de madera para los cables eléctricos y conectaron todas las casas del pueblo a la instalación.

Fue un esfuerzo heroico. Necesitaron años de trabajo y de carencias. Pero valió la pena. Consiguieron llevar la electricidad a todas las casas. Y con ella la luz, el calor, la música. Llevaron esa magia a sus vidas, que las volvió mejores.

Yo busco a alguien que sea como todas esas personas. Alguien que traiga esas cosas maravillosas a mi vida. Luz y calor. Música. Magia. Alguien que haga que mi vida sea más intensa y más amplia. Alguien que me haga mejor.

 

“A veces”, por Juan Alcover

A veces ganas. A veces no.

A veces conoces a alguien. Crees, piensas, sabes que es una persona especial. Construyes un castillo con ilusiones. Avanzas.

Y entonces tomas la decisión equivocada. Y pierdes.

Piensas: “He aprendido la lección y sé que puedo hacerlo mejor. La próxima vez será la definitiva”. Y te sientes bien. Pero entonces piensas de nuevo: “La última vez ya era la próxima vez”. Y te sientes triste. Por lo que pudo ser y nunca será. Y entonces te dices que puedes sentirte tan bien como te sentiste en tu mejor momento. Recuerdas tu mejor momento. A su lado. Y te sientes tan bien como entonces.

Piensas en el pasado. Una y otra vez. Imaginando infinitas formas de hacerlo mejor.

Quieres reparar tus errores.

Pero no siempre puedes.

Y decides mirar el futuro. Y empezar por el presente.

Decides ser mejor persona. Decides hacerlo bien, desde el principio hasta el final.

Decides que prefieres el calor y la luz al frío y la oscuridad.

Decides que prefieres una vida brillante, alegre. Completa.

Decides que la próxima vez quieres ganar.

Un fragmento de mi novela

Extracto de “La ley inmortal”, por Juan Alcover Aguilar

Verás, lo que aquel cabo me contó aquella noche fue que, por mandato divino, había dedicado los últimos quince años de su vida a aprender el arte milenario de matar dragones –dijo el comandante con voz pausada –El problema fue que nunca encontró un dragón. Y cuando aceptó la realidad y fue consciente de los quince años desperdiciados en convertirse en el mayor experto en cazar seres que no existían, se deprimió mucho -el comandante se reclinó de nuevo sobre su sillón de cuero viejo y preguntó -¿sabes qué hizo entonces?

-No mi comandante

-Intentó suicidarse. Y como era cobarde e ignorante, lo intentó atiborrándose a limones. Alguien le había dicho que los limones paralizaban las entrañas y adormecían la conciencia para siempre, así que compró dos kilos y se los comió a bocados en la playa, justo antes de anochecer.

El comandante aspiró una gran bocanada de humo y lo soltó muy despacio formando virutas frente a sus ojos. Se mantuvo en silencio durante varios minutos, esperando la reacción de Ángel.

El michelín

Mi mayoría de edad me ayudó a cambiar el autobús por el coche, el deporte por las cervezas y las camisetas ajustadas por los polos holgados. Y estos cambios trajeron un nuevo compañero de fatigas: el michelín

Hoy, después de criarlo durante casi veinte años, he decidido romper para siempre. “Esto se ha acabado”, le digo. “Basta de bollos, patatas fritas y cubatas”. Él no dice nada, se oculta detrás de las rodillas y el en interior de los muslos para que me confíe. Al cabo de unos días pienso, “¡estoy estupendo, ya está desapareciendo!” Y lo celebro con una ración de patatas bravas y una jarra de cerveza.

Una semana más tarde admito la dificultad de la dieta y decido buscar ayuda en la televisión. Poco después recibo un Sauna Matic con el libro “Menos grasa; más vida” de regalo. Para optimizar el tiempo, compro también Esculpadbomin y Fashion Line. Me regalan una tostadora sumergible y dos cocteleras con el rostro de Tom Jones en relieve. Después de un mes el michelín sigue creciendo y me ha salido una hernia que asoma bajo el ombligo.

“No se nota mucho”, me dice mi mujer. “Me hace más gordo”, contesto, y voy al médico.

-La hernia la operamos en un abrir y cerrar de ojos –me dice el doctor.
-¿Cuánto me va a costar? –pregunto.
-Lo cubre la seguridad social –explica. –Sólo tienes que pagar 15 euros de tasa de quirófano.
-Eso es nuevo –digo.
-Para financiar el agujero de sanidad.
-Bueno, 15 euros no es mucho –reflexiono y, tras dudar unos segundos, pregunto-. Por cierto, ¿sabes de alguien que pueda quitarme el michelín?
-Pues sí, yo puedo –dice-. Aprovechamos la operación de la hernia y te paso el aspirador.
-¿Cuánto?
-8.000 Euros –dice de memoria-. Y te puedo poner los abdominales de silicona. Así te ahorras el dinero del gimnasio.

Me entusiasmo ante la idea de salir con vientre de un modelo de calzoncillos, pero no lo exteriorizo para facilitar la negociación.

-Pero será una fortuna, ¿no? –pregunto con indiferencia.
-Por ser tú –explica-, y si te lo haces todo, te regalo los implantes y te cobro sólo la intervención. El total son 15.000, menos 3.000 de la silicona se queda en 12.000
-Más la liposucción –añado.
-Y las tasas –añade él.
-Me salen 20015 Euros –calculo moviendo los dedos.
-Más IVA –dice.
-Hecho –digo yo.

Un año después, los implantes se han movido hacia arriba empujados por el michelín recalcitrante.
“Yo te quiero igual”, me dice mi mujer, y se muere de la risa viendo los abdominales que tengo debajo del pezón izquierdo.

 

Juan Alcover-Aguilar, 1999