Un fragmento de mi novela

Extracto de “La ley inmortal”, por Juan Alcover Aguilar

Verás, lo que aquel cabo me contó aquella noche fue que, por mandato divino, había dedicado los últimos quince años de su vida a aprender el arte milenario de matar dragones –dijo el comandante con voz pausada –El problema fue que nunca encontró un dragón. Y cuando aceptó la realidad y fue consciente de los quince años desperdiciados en convertirse en el mayor experto en cazar seres que no existían, se deprimió mucho -el comandante se reclinó de nuevo sobre su sillón de cuero viejo y preguntó -¿sabes qué hizo entonces?

-No mi comandante

-Intentó suicidarse. Y como era cobarde e ignorante, lo intentó atiborrándose a limones. Alguien le había dicho que los limones paralizaban las entrañas y adormecían la conciencia para siempre, así que compró dos kilos y se los comió a bocados en la playa, justo antes de anochecer.

El comandante aspiró una gran bocanada de humo y lo soltó muy despacio formando virutas frente a sus ojos. Se mantuvo en silencio durante varios minutos, esperando la reacción de Ángel.

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El michelín

Mi mayoría de edad me ayudó a cambiar el autobús por el coche, el deporte por las cervezas y las camisetas ajustadas por los polos holgados. Y estos cambios trajeron un nuevo compañero de fatigas: el michelín

Hoy, después de criarlo durante casi veinte años, he decidido romper para siempre. “Esto se ha acabado”, le digo. “Basta de bollos, patatas fritas y cubatas”. Él no dice nada, se oculta detrás de las rodillas y el en interior de los muslos para que me confíe. Al cabo de unos días pienso, “¡estoy estupendo, ya está desapareciendo!” Y lo celebro con una ración de patatas bravas y una jarra de cerveza.

Una semana más tarde admito la dificultad de la dieta y decido buscar ayuda en la televisión. Poco después recibo un Sauna Matic con el libro “Menos grasa; más vida” de regalo. Para optimizar el tiempo, compro también Esculpadbomin y Fashion Line. Me regalan una tostadora sumergible y dos cocteleras con el rostro de Tom Jones en relieve. Después de un mes el michelín sigue creciendo y me ha salido una hernia que asoma bajo el ombligo.

“No se nota mucho”, me dice mi mujer. “Me hace más gordo”, contesto, y voy al médico.

-La hernia la operamos en un abrir y cerrar de ojos –me dice el doctor.
-¿Cuánto me va a costar? –pregunto.
-Lo cubre la seguridad social –explica. –Sólo tienes que pagar 15 euros de tasa de quirófano.
-Eso es nuevo –digo.
-Para financiar el agujero de sanidad.
-Bueno, 15 euros no es mucho –reflexiono y, tras dudar unos segundos, pregunto-. Por cierto, ¿sabes de alguien que pueda quitarme el michelín?
-Pues sí, yo puedo –dice-. Aprovechamos la operación de la hernia y te paso el aspirador.
-¿Cuánto?
-8.000 Euros –dice de memoria-. Y te puedo poner los abdominales de silicona. Así te ahorras el dinero del gimnasio.

Me entusiasmo ante la idea de salir con vientre de un modelo de calzoncillos, pero no lo exteriorizo para facilitar la negociación.

-Pero será una fortuna, ¿no? –pregunto con indiferencia.
-Por ser tú –explica-, y si te lo haces todo, te regalo los implantes y te cobro sólo la intervención. El total son 15.000, menos 3.000 de la silicona se queda en 12.000
-Más la liposucción –añado.
-Y las tasas –añade él.
-Me salen 20015 Euros –calculo moviendo los dedos.
-Más IVA –dice.
-Hecho –digo yo.

Un año después, los implantes se han movido hacia arriba empujados por el michelín recalcitrante.
“Yo te quiero igual”, me dice mi mujer, y se muere de la risa viendo los abdominales que tengo debajo del pezón izquierdo.

 

Juan Alcover-Aguilar, 1999

El cazador de escalofontes

Hubo alguna vez, hace ya mucho tiempo, un poderoso reino compuesto de siete talamantes, cuatro dilipendios y, si la memoria no me falla, ochenta y seis cuartogones (tracuteados, por supuesto). Magnífico en su concepción y, sin embargo, erigido con solemnidad, dominaba cómodamente el horizonte desde su privilegiada ubicación. Mas no todo era felicidad y albedrío en tan bello paraje, pues sus indefensos moradores sufrían desde tiempos inmemoriales el acoso continuo del escalofonte Eleáboro, que gabuzaba sin piedad a todo aquel que osara penetrar en sus dominios. Su contemplación calmeniaba; su fagotante, también.

Un buen día, martes según las míticas crónicas del emperador Kogoyud, levantóse el soberano del reino, Pantacleón VII -de la añorada dinastía Khung Huo- con un turbio dilema moral y una necrofagia refelitante.

-¿Debo organizar el desposorio de mi hija, la virginal Taclioterpidiela, cuya hermosura es solo comparable al vuelo del plento de pico pardo, o por el contrario resolver las disputas de mis súbditos, ¡qué altanera fidelidad la suya!, con el teclampinoso Eleáboro?

Esperó el soberano una respuesta durante varios años, mas esta nunca llegó. La reina, que se crió en una familia de paliblecianos esteparios, dormía plácidamente en su lecho de gladiolos corruptos. Flextigón, el fiel dromedario de compañía, había muerto pocas horas antes de su nacimiento de una fuerte depresión renal. Y así fue como el soberano del reino, Pantacleón VII -de la añorada dinastía Khung Huo- tuvo que decidir por sí mismo, desafiando las rígidas leyes establecidas varios minutos antes por Mogoff “El Rudo”, y obteniendo a cambio el desprecio de generaciones posteriores.

Comunicó su trágica decisión al octogenario capellán, que hizo llamar al cazador de escalofontes más grande de la historia, leal continuador de la tradición familiar y único en su profesión. Pero no por ello olvidó el capellán noclear la rafela por espacio de catorce años, siete días y veintitrés minutos.

-Estas son mis órdenes, efebo Yabadaba, que saludas al viento cuando alborea la mañana -anunció con alegre gravedad y gesto iracundo el soberano del reino, Pantacleón VI, cuyo celímero origen ha quedado ya suficientemente claro. -Combatirás y darás muerte, honorable si se precisa, al tangerino Eleáboro. Y como premio a tan monumental proeza, recibirás en sagrado matrimonio a la virginal Taclioterpidiela, cuya hermosura es solo comparable al vuelo del plento de pico pardo.

El efebo Yabadaba, que saludaba al viento cuando alboreaba la mañana, se sintió tan felizmente deprimido por su misión que decidió celebrar una gran fiesta con sus familiares y amigos más cercanos. Acudieron los hermanos Trimerfontes, de la lejana cordillera de Gu; el clan de los Monichetti, que por primera vez en su existencia abandonaban su hogareño poltimanco en la inexplorada depresión de Caurzze; las trece tribus antropófagas de la selva oriental, acompañadas por trescientas cuarenta y siete mil familias numerosas, pues preferían la comida casera; doscientos treinta y nueve primos hermanos con sus esposas e hijos, que vivían en una pequeña y confortable cabaña junto al mítico mar del Cintel, y muchos más ilustres viajeros que, por comodidad, evitaremos relacionar.

El efebo Yabadaba, que saludaba al viento cuando alboreaba la mañana, acudió a su cita con el escalofonte tras la monumental algarabía, que duró diecisiete años y catorce minutos.

-Estoy aquí para destruirte, con honores si se precisa -murmuró Yabadaba.

-¿Por qué tú, que saludas al viento cuando alborea la mañana, y que recibirás en sagrado matrimonio a la virginal Taclioterpidiela -cuya hermosura es solo un desafortunado error de la naturaleza-, te atreves a turbar mi hufelino descanso con ridículas amenazas de sufrimiento y destrucción? -contestó Eleáboro, que yacía en estado catatónico reversible.

-Porque mi gallardía no conoce límites -dijo Yabadaba, que sufría insomnio y detestaba saludar al viento cuando alboreaba la mañana.

-¿Nomideas pues?.

-Desde que soy hombre de pelo en pecho, tal y como promulga la centenaria sabiduría popular.

-Hágase pues la voluntad de los hombres que desafían a la vida con cadenontia frialdad y sin temores infundados -dijo el escalofonte, y murió en el acto.”

 

Extracto de “La ley inmortal”, primera novela de Juan Alcover-Aguilar

Por envidia

Escribo por envidia. Cuando cierro un libro envidio a su autor por hacerme sentir tristeza de haberlo terminado y alegría de haberlo empezado. “Quiero ser capaz de transmitir como él”, pienso. “O como ella”.

La envidia me mueve, lo reconozco. Y me obliga a buscar la respuesta una y otra vez, leyendo y leyendo y tratando de escribir igual. “Nunca sale”, me digo. Pero persevero y vuelvo a abrir otro libro. Y lo vuelvo a cerrar. Y me siento triste y alegre al mismo tiempo.

“Qué envidia”, pienso. Y eso me motiva.

Tira los dados, por Charles Bukowski

“Si vas a intentarlo, ve hasta el final.
De otro modo, no empieces siquiera.

Si vas a intentarlo, ve hasta el final.
Tal vez suponga perder novias, esposas,
parientes, empleos y quizá la cabeza.

Ve hasta el final.
Tal vez suponga no comer durante 3 o 4 días.
Tal vez suponga helarte en el banco de un parque.
Tal vez supongo la cárcel,
Tal vez suponga mofas, desdén, aislamiento.

El aislamiento es la ventaja,
todo lo demás es un modo de poner a prueba tu
resistencia, tus auténticas ganas de hacerlo.

Y lo harás a pesar del rechazo y las ínfimas probabilidades
y será mejor que cualquier otra cosa que puedas imaginar.

Si vas a intentarlo ve hasta el final.
No hay sensación parecida.

Estarás a solas con los dioses y las noches arderán en
llamas.

Hazlo, hazlo, hazlo.

Hazlo.

Hasta el final.
Hasta el final.

Llevarás las riendas de la vida hasta
la risa perfecta, es la única lucha digna que hay.”