El día no importa

No importa el día.

No, en realidad no importa porque nadie sabe cuando ocurrió. El día de su muerte estaba solo. Como lo había estado desde meses atrás. Por eso no hubo quién le echara de menos, quién se preguntara “¿dónde está?, ¿por qué no me ha llamado?”.

Yo estaba viendo una película de gladiadores en el cine. La de Oliver Stone. Todo era sangre, gritos, sudor…. Y de repente, entre el público que observaba el espectáculo -no en el cine, en el foso de arena-, una figura me saludo desde la distancia. La cámara de Oliver Stone se olvidó de sus actores y se movió hasta dejar su rostro en el centro de la pantalla. Luego se acercó, con ese zoom mágico que nos trae lo que está lejos cerca.

Mientras el gladiador luchaba por su vida, fuera de foco, me dijo:

“Quiero comunicarme”.

“Comunícate”, dije yo. Y lo hizo.

“Estoy muerto”.

Se levantó de su asiento y me enseño su toga, blanca y sucia. Se giró hacía la derecha, cambió de opinión, giró la izquierda y caminó entre el público hasta desaparecer tras una enorme columna. Después continuó la película, con el gladiador sangrando y gritando tras su victoria.

La sociedad contabiliza sus muertos y cómo mueren. Lo hace para estudiar los cambios en las causas de mortalidad y decidir en qué programas de prevención debe gastar el dinero de los impuestos.

Él se suicidó y contribuyó así al aumento de fondos destinados a la publicidad y los folletos informativos con datos como los siguientes:

-En los último 45 años la tasa de suicidas ha aumentado un sesenta por ciento en algunos países.

-El suicidio es la tercera causa de muerte entre las personas de 15 a 44 años de edad.

-Por cada muerte por suicidio se cuentan veinte intentos fracasados.

-Al menos 100,000 adolescentes se suicidan cada año.

No era un adolescente, aunque ya lo había intentado antes sin éxito. No veinte veces, sólo una que a mi me conste.

Lloré en su entierro. Voy a usar una frase de frecuencia literaria: “lloré de frustración, no de tristeza”. Podría encajar, pero prefiero decir que no sé porqué lloré.

No recuerdo haber vuelto a llorar desde entonces. Aunque eso tampoco importa mucho.

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